viernes, 12 de diciembre de 2014

Siete programas de televisión que me gustan

Me gusta ver la televisión, pero hay pocos programas (que no sean películas o series) que me atrapen y me apetezca quedarme a ver hasta el final. Por eso no he encontrado siete programas actuales que suela ver, y no es que programe mi vida para ver los cinco que he elegido, pero si me pilla en casa me suelen interesar. Añado dos propinas anticuadas, pero jugosas, para completar el septeto.

1. Días de cine. Programa que se emite desde 1991, y en el que se informa de la actualidad cinematográfica (estrenos, festivales, etc.). Me gusta porque los redactores se suelen mojar y dan su opinión sobre las películas. Además, y aunque hace años que no está el mítico Antonio Gasset, tiene una marcada vocación didáctica. Lo que más me gusta son esos reportajes que, al hilo del estreno de alguna película, la sitúan en el universo cinematográfico con comparaciones, antecedentes o influencias, y de los que aprendo mucho.

2. El intermedio. Programa que desde 2006 presenta el Gran Wyoming y que siempre comienza con la frase: "Ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad". Partiendo de la sátira, este programa comenta las noticias siguiendo la línea que iniciara el mítico "El informal". Chistes más o menos fáciles y algunas grandes ocurrencias te entretienen y, cada vez más, te informan de la actualidad, sobre todo política, con un sesgo izquierdoso que no ocultan.

3. Salvados. Comenzó en 2008 como un programa de humor sobre la actualidad, en el que Jordi Évole, en su papel de "El Follonero", acosaba a representantes de ciertas instancias de poder. Pero con el paso del tiempo ha perdido el humor y ha ganado en profundidad e influencia en la opinión pública. Actualmente dedica cada programa a un tema concreto, casi siempre con marcado tono político, que el presentador suele convertir en interesante, aunque no lo parezca en principio, a través de entrevistas con expertos e implicados. Los sectores más conservadores lo critican con dureza.

4. La mitad invisible. Desde 2009, este pequeño programa se fija en cada edición en una obra de arte y la analiza desde los más diversos puntos de vista, preguntando a los que más saben. Entiende como obra de arte desde una pintura hasta una canción, pasando por la escultura, la arquitectura, el cine, etc. Su presentador es el polifacético Juan Carlos Ortega que, si bien chupa bastante cámara, consigue ponerse en la piel del neófito para indagar en la historia, las peculiaridades y las curiosidades del objeto que pretende conocer hasta desnudarlo e intentar comprender a su autor. Media horita muy provechosa e interesante.

5. Atención obras. Cayetana Guillén Cuervo ha conseguido convertirse en la cara de la cultura en Televisión Española. Además del programa de cine Versión Española, desde 2011 presenta esta especie de revista cultural, en la que mediante pequeños reportajes y entrevistas se ofrecen al público las alternativas más interesantes en relación con las artes escénicas, la música y las artes plásticas, sin pretender ser elitistas y con un ritmo ágil.

6. Doce hombres sin piedad. Me refiero aquí a la producción de Televisión Española, del año 1973, emitida en el espacio Estudio 1. Se trata de una obra originalmente escrita para la televisión y que Sidney Lumet llevó al cine, con Henry Fonda en el papel del jurado número 8. En la versión española, que no tiene nada que envidiar a la película, dirigida por Gustavo Pérez Puig, se encuentra lo más granado del elenco actoral masculino de la época, con el gran José María Rodero como el jurado número 8, acompañado de los no menos excelsos Jesús Puente, Pedro Osinaga, José Bódalo, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Antonio Casal, Sancho Gracia, Carlos Lemos, Ismael Merlo, Fernando Delgado y Rafael Alonso. No desvelaré nada de la intriga, pero cualquier aficionado a la interpretación y al teatro debería ver esta función con arrobo y veneración.

7. La bola de cristal. Este programa infantil se emitió en la mañana de los sábados entre 1984 y 1988. Ha quedado para la historia porque trataba a los niños como personas que tienen cerebro y criterio, y no como a gilivatios. La Bruja Avería, Alaska con Pedro Reyes y Pablo Carbonell, Gurruchaga, los viodeclips casi caseros de grupos de la movida, la familia Monster, han quedado en mi memoria para siempre. Además, te animaban a leer o a compartir, pero con gracia y siempre divirtiendo.

martes, 2 de diciembre de 2014

Siete títulos nobiliarios de España

Aunque para la mayoría de las personas los títulos nobiliarios son pamplinas que no sirven para nada, hay quien todavía los considera importantes. Realmente, en la historia de España lo han sido, y quien poseía uno, gozaba en tiempos de grandes privilegios que han ido desapareciendo. Pero las posesiones adheridas a ellos no han desaparecido, para escarnio del pueblo llano. Además, hay muchos pijos que matarían por uno. De otra manera no se entienden las luchas entre los herederos de algunos nobles por hacerse con el título.

La concesión de títulos nobiliarios es una de las "funciones" del Rey. Los otorga, supuestamente, a personas que han realizado un gran servicio a la nación española. Para los aficionados a la historia, rastrear la concesión de títulos puede servir para indagar en las conspiraciones cortesanas y en las luchas territoriales.

Tres nobles a los que merece la pena conocer son el vizconde demediado, el barón rampante y el caballero inexistente, fruto de la mente del gran Italo Calvino.

A continuación relaciono, por orden de importancia, los títulos nobiliarios que se conceden en España. Hay que tener en cuenta que algunos títulos llevan aparejada la condición de Grande de España, que te permite llevar sombrero delante del rey, lo que debe ser muy importante para el que tenga un sombrero:

1. Duque. Es el título inmediatamente inferior al príncipe, y se concede en España desde el Siglo XV. Proviene del latín "dux", que se refiere al que comanda a las tropas en la batalla. Las palabras "duce", "führer" y "caudillo" tienen su mismo significado. Inquietante.

2. Marqués. Este título proviene de las "marcas", que eran territorios fronterizos concedidos a un señor feudal, según la práctica que instauró Carlomagno, para la defensa de la integridad territorial de la nación frente a los extranjeros. Es el título que sigue en importancia al de Duque. Se instauró en España también sobre el siglo XV y parece que a los marqueses les gusta el vino, por la cantidad de bodegas que tienen el nombre de uno.

3. Conde. Antiguamente se les llamaba cómites. En el imperio romano eran una especie de ministros, que estaban en la corte o en las provincias para representar a la corona. Es decir, que se trataba de personas que sabían hacer algo. Pero a partir del siglo XIII se convirtió en un título nobiliario.

4. Vizconde. En la antigüedad era un lugarteniente del conde, a quien sustituía en ocasiones, y era vitalicio pero no hereditario (igual que el de conde). Posteriormente se aplicó a los hijos de los condes. En la actualidad es un título hereditario más.

5. Barón. La palabra procede de la misma raíz que varón, y se usaba para designar a cualquier hombre libre. También podía significar esposo. En España, los barones suelen proceder de títulos concedidos por la Corona de Aragón, ya que en Castilla era más utilizado el término señor.

6. Señor. El título de señor no se otorga en España desde el siglo XIX. Pero en la edad media tenía una gran importancia; tanta, que a veces los señores feudales hacían sombra al rey. Existían señores de solariego, de abadía, de realengo, etc. Esa importancia la fueron perdiendo con el paso de los siglos. El término señor significa dueño de algo, pero procede del latín senior, que alude al mayor o al más anciano. A los vinos también les gusta llevar el nombre de algún señorío.

7. Caballero. El caballero es el que monta a caballo. Se comenzó a utilizar este término cuando se empleaba a este animal en las guerras. Se concedía este título a la persona a la que permitían entrar en una orden de caballería, como la de Calatrava o Santiago; posteriormente, también a los que ingresan en una orden civil, como la de Isabel la Católica, o militar, como la Orden de San Fernando. En la actualidad, el Rey te condecora (gran collar de Isabel La Católica o Laureada de San Fernando), y ya estás dentro. El ingreso en uno de estos cuerpos te confiere nobleza.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Siete pueblos de la comarca de la Vera

Los días 22 y 23 de noviembre de 2014 me adentré en la comarca de la Vera, en Cáceres. Quiero compilar aquí mis impresiones y experiencias, por si a alguien le pudieran servir.

No voy a contar nada que no haya experimentado en primera persona. En otros sitios encontraréis si las iglesias son del gótico temprano o tardío, o el régimen pluviométrico de la comarca. Aquí sólo los sitios donde estuve y lo que me sucedió.

1. Jarandilla de la Vera. Elegimos como base de operaciones esté pueblo porque tenía oficina de turismo, y soy bastante aficionado a ellas. Te suelen explicar muy bien los sitios que hay que ver, con amabilidad y casi siempre gratis. Aquí, la oficina no está en la Plaza de la Constitución, como dice la web del ayuntamiento, sino en una caseta situada en la Avenida de Doña Soledad Vega Ortiz, junto al Parador Nacional. El sábado se encontraba cerrada porque el empleado estaba de vacaciones (parece que sólo hay uno, y cuando no está se cierra la oficina), pero mereció la pena esperar al domingo para hablar con él. Se trata de un tipo enjuto y de piel curtida, con alma de artista, que en cinco minutos nos dibujó, sobre un plano de la comarca, una casa típica de la zona, y nos señaló los puntos más importantes con abundancia de datos que fue apuntando en el plano (el tío escribía y dibujaba al revés, con el plano mirando hacia nosotros). Merece la pena charlar un rato con él.

En Jarandilla elegimos el Hostal "El descanso del Emperador", que está casi enfrente del parador. La noche en habitación doble costó 55 euros, con desayuno incluido. Está regentado por un matrimonio al que ayuda su hija los fines de semana. Son sumamente amables y se interesaron por nuestro itinerario, ofreciéndonos alternativas. Las habitaciones están remozadas hace poco tiempo y decoradas con gusto, utilizando muebles que imitan antigüedades, aunque la tele está tan alta que cuesta mirarla. El desayuno abundante (porras o tostadas), aunque sin zumo.

Paseando por Jarandilla entramos en el Parador. Se trata de un antiguo castillo, donde Carlos V pasó un tiempo mientras le preparaban sus aposentos en el monasterio de Yuste. Tiene unos jardines bien cuidados y puedes entrar a ver el patio de armas, que en sus paredes muestra tallados diversos blasones. En el bar tomamos algo, nos pusieron aceitunas de aperitivo y vimos que tenían un menú de 33 euros bastante apetecible.

En la misma Avenida de Soledad Vega Ortiz tomamos otro aperitivo en Casa Tarra, y también echamos de menos una tapa típica de la tierra, pues nos pusieron croquetas y muslitos de mar.

Un poco más allá está la tienda "Artesanía de Loli", regentada por la dueña del hostal donde nos hospedábamos. Allí puedes comprar productos veratos, como la morcilla de calabaza, las cañas, los mantecados o los bombones de higos. No aceptan tarjetas de crédito.

Es tonificante el paseo hasta la garganta Jaranda, a las afueras del pueblo, donde está el puente Parral, medieval, y unas piscinas naturales que en verano deben estar concurridas, aunque parece que el agua bajará fresquita. Al lado se encuentra el restaurante de la Abuela Polina, que tiene buena pinta.

Como todos estos pueblos, Jarandilla de la Vera conserva un núcleo urbano precioso, con construcciones típicas de la zona en piedra y madera. Se respira tranquilidad y sosiego paseando por ellas hasta la plaza. Después se puede pasar por la calle Altozano donde hay un restaurante que anuncia una cueva medieval en su interior, y subir hasta la ermita de Nuestra Señora de Sopetrán, que suele estar cerrada, aunque desde la puerta se puede echar una moneda para iluminar una vela eléctrica. Una beata que hizo esto tocó también algún resorte que iluminó el retablo donde está representada la virgen y pudimos contemplarla.

Por la noche el pueblo se sume en la oscuridad, por lo menos en estos días, y no apetece pasear por sus calles. Salimos a tomar un refrigerio a un bar en Av. Doña Soledad Vega Ortiz, 107 o 111 y volvimos a echar de menos una tapita decente (los panchitos no se estilan ya, señores).

2. Cuacos de Yuste. A pocos kilómetros de este pueblo se encuentra el monasterio jerónimo de Yuste, famoso porque en el pasó sus últimos días Carlos V. Te sablean por entrar (9 eurazos), para ver la iglesia y los aposentos del emperador. Aunque merece la pena ver la cama donde murió y desde donde podía asistir a misa diaria, pues se hizo construir una ventana en su habitación que daba al altar mayor de la iglesia. Por lo visto el tío dijo: "Me quiero retirar en Yuste, hacedme unos aposentos" y le hicieron una casa estupenda, con varios salones y balcones y muy acogedora.

En el pueblo, también con su casco urbano típico, comimos en el restaurante Abadía, que está en la misma carretera. Tienen un comedor grande pero calentito. Pedimos el menú degustación de 30 euros, que incluía un consomé (con una yema de huevo dentro), ensalada de pimientos y perdiz escabechada, migas con tocino y huevo frito, sorbete de limón, carrilleras estofadas y una torrija con helado, regado con un tinto de crianza. Todo muy rico y sin demasiadas florituras. Además nos regalaron un botecito de pimentón.

3. Guijo de Santa Bárbara. Situado a unos 9 km. de Jarandilla, subiendo hacia la montaña, es el pueblo que me pareció más bonito de todos los que vi. La carretera está rodeada de árboles, que en esta época del año tienen un colorido maravilloso, como toda la comarca. Es un pueblo muy bien conservado y sumamente tranquilo. Las vistas de todo el valle son espectaculares. Hay un centro de interpretación donde te explican la vida de las cabras que hay en el monte, pero no parecía estar abierto ese domingo. Coincidimos con la media maratón de Jarandilla, que subía desde este pueblo.

4. Jaraíz de la Vera. Es la capital de la comarca y por eso ha perdido muchas de las casas típicas, según nos explicó la chica de la Oficina de Turismo, que está en la estación de autobuses. También nos recomendó las iglesias y un palacio, pero pasamos de ellas y fuimos al museo del pimentón, que es gratis y abre todo los días. Merece la pena conocer cómo llegaron los pimientos a España y la elaboración de este ingrediente fundamental en la gastronomía de nuestro país. La plaza del pueblo y algunas calles típicas, como la calle del agua, conservan el aire de la comarca.

5. Pasarón de la Vera. Otro pueblo que rezuma historia y tranquilidad. Está catalogado, como casi todos los demás, como conjunto histórico-artístico. No estuvimos mucho tiempo en él. Nos metimos con el coche por sus callejas, coincidimos con un funeral y la gente nos miró raro. Tomamos algo en un bar grande que está en la carretera, que a la vez es administración de loterías, y del que no recuerdo el nombre, aunque podría ser Rosamar. La tapa: Albóndigas un poco sosas y patatas con ali-oli ricas.

6. Garganta La Olla. De los pueblos en los que estuvimos es el que parece estar mejor preparado para recibir al turista. Muchos restaurantes que anunciaban menús típicos a precios razonables, con el típico rin-ran (ensalada de tomate con pimentón), las migas, etc. La calle del chorrillo es la principal, y tiene tiendas en casas que datan de los siglos XVII y XVIII, como la casa de las muñecas, que llama la atención porque está pintada de azul, ya que, por lo visto, era un prostíbulo. Entramos en la taberna de las gemelas, donde el tabernero, un tío muy simpático, nos recomendó las croquetas de boletus que hacía él. Estaban deliciosas.

7. Candeleda. Este pueblo no forma parte estrictamente de la comarca de la Vera, ya que se encuentra en Ávila y en el valle del Tiétar. Pero tiene su propia feria del pimentón (que ya no abría el domingo por la tarde) en la plaza del Castillo (no vimos el castillo) y la arquitectura típica de toda la zona. En una de esas casas, que está situada en la plaza mayor y se llama "La casa de las flores" entramos a tomar un chocolate caliente. Esta casa está llena de macetas alrededor de su fachada, y además contiene un museo de juguetes antiguos. Su dueño es un joven encantador, llamado Enrique, y con el que puedes mantener una buena conversación. Él te recomendará los mejores sitios para dormir o comer en Candeleda y te cantará las delicias de su pueblo. Además, te ofrecerá una porra rellena con chocolate y nata, que debes probar, aunque no sea light, precisamente.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Siete libros para niños (que sepan leer)

Una de las mejores costumbres que se puede inculcar a un niño es la de la lectura. Y la mejor manera de hacerlo es con el ejemplo. Los niños suelen imitar a sus padres, y si los ven leer, también querrán probarlo. Es muy importante elegir bien las lecturas, entre las que no pueden faltar los clásicos universales. Un niño que ha leído desde pequeño puede adentrarse en lecturas de cierto nivel, aunque no hayan sido escritas específicamente para ellos, porque suelen tener más capacidad mental de la que los adultos les suponemos. A continuación relaciono algunas clásicos que me gustaron en la infancia o que leí ya mayor y considero adecuados para los jóvenes:

1. Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift (1726). Libro de aventuras, que no está escrito para los niños, puesto que, a la manera de Tomás Moro en Utopía, el autor lleva a su personaje de viaje a varias islas, donde comparará sus regímenes y sus costumbres con las de la Inglaterra de la época. Pero los jóvenes pueden apreciar este libro, pues contiene aventuras del género fantástico, que tanto les agradan, ya que Gulliver visita países de gigantes, de hombres muy pequeños o de caballos que razonan.

2. Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol (1865). Las aventuras de la niña Alicia en un mundo subterráneo sin pies ni cabeza, han pasado a formar parte de la iconografía de nuestra sociedad. Es imprescindible que todo niño lo lea, pues sus personajes secundarios han saltado de las páginas del libro y los puedes encontrar en cualquier lugar y en cualquier momento.

3. La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson (1883). El relato que creó la mayor parte de la imaginería pirata que ha llegado hasta nuestros días. Por ejemplo, la cruz que marca el tesoro aparece aquí por primera vez. Es a la vez una novela de aprendizaje, pues el protagonista evoluciona de la niñez a la edad adulta. La ambición es el tema central y el motor de los personajes, que están magníficamente dibujados. El más carismático y aterrador de ellos es Long John Silver, el típico pirata con pata de palo y loro en el hombro.

4. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain (1885). Una de las novelas fundacionales de la literatura estadounidense, narra las aventuras del muchacho protagonista junto con su amigo, el esclavo Jim, viajando en una balsa por el río Misisipi. El sentido del humor y la sátira social son las características principales de la obra, que contrapone la alegría de vivir y la inocencia de la juventud con la mezquindad de la sociedad adulta.

5. Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932). Tampoco es una novela para niños, pero la descripción de este distópico mundo es muy atrayente para los jóvenes. A pesar de sus referencias al sexo, cualquier mayor de 12 años lo puede asimilar sin problemas, y le ayudará a iniciarse en la reflexión sobre ciertos temas filosóficos universales, como el individualismo, la felicidad o el deseo.

6. El principito, de Antoine de Saint-Exupery (1943). Todo el mundo sabe de qué va pero ninguno sabemos de qué va realmente. Todo él es una metáfora de la vida, o del amor, o de la guerra, o de la amistad. Se trata de una novela cortita que todos hemos leído, pero es importante que no se nos olvide dársela a nuestros hijos para que la lean también. Invita a reflexionar y es muy entretenida, aunque su filosofía es baratita y está algo desfasada en nuestros tiempos.

7. El señor de las moscas, de William Golding (1954). Interesantísima primera novela del premio Nobel británico, sobre un grupo de niños que deben sobrevivir en una isla desierta tras un accidente de aviación. No es nada complaciente, sino descarnada y dura, y plantea el paso de la infancia a la adolescencia, pero también el tema de la socialización de los individuos. Muchos la han visto como una metáfora de la sociedad humana global. En cualquier caso es apasionante, e invitará a la reflexión al joven que la lea.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Llegaron las lluvias. Poema

Llegaron las lluvias
a la casa del padre;
inmorales, torrenciales,
cubrieron el sol de invierno.

La barba de las mazorcas
sobre el hombro del vecino,
arrimada a la cubierta
dejó el alba enardecida.

Las bombas y drones,
en la casa del padre,
torturan la madrugada
sin documentos escritos.

Errores con gran cerebro
firman cartas de peligro,
intimidan y amenazan,
liberando un gran casquillo.

Llovieron arañas
en la casa del padre,
tejiendo leyes que atrapan
a unas moscas ya cazadas.

martes, 7 de octubre de 2014

Siete sociedades que han practicado la decapitación

La decapitación es una práctica que se ha extendido en el tiempo y en el espacio por todo el mundo. Es una manera de denigrar al enemigo, incluso después de haberlo matado, al quitarle la parte más importante de su cuerpo. Quien muere decapitado no tiene manera de encontrar el paraíso. Aunque se asegura que es una forma rápida e indolora de morir, es sumamente impactante para quien la observa. Algunas sociedades han usado la decapitación con diferentes fines:

1. Los mayas practicaron la decapitación de sus enemigos como ofrenda a sus dioses. Solían usar el hacha a tal efecto. Muchos autores relacionan el juego de pelota con estas decapitaciones, suponiendo que las cabezas cortadas de los enemigos eran utilizadas en un juego que trataba de representar la guerra. Actualmente, en el México moderno se producen decapitaciones relacionadas con la guerra del narcotráfico que vive el país.

2. En la Roma clásica, la decapitación con hacha o espada era la pena de muerte que se aplicaba a los ciudadanos romanos y a los soldados, es decir, a los miembros más altos de la sociedad. Se trataba de una forma de morir afortunada, si se la compara con los suplicios que se aplicaban a los esclavos y a los hombres libres sin ciudadanía, que eran la crucifixión, la vivicombustión y la exposición a las bestias en el anfiteatro.

3. En la China medieval, durante la dinastía T'ang (siglos VII a X), se solía decapitar a los campesinos que rehuían trabajar en las grandes obras públicas que se realizaron en el imperio. En China, contrariamente a la costumbre europea, la decapitación no está reservada a los nobles, pues los chinos consideran que arrancar cualquier parte del cuerpo de una persona es una deshonra para sus antepasados.

4. Los árabes y los otomanos decapitaban a sus enemigos muertos en batalla. Actualmente estos pueblos son de mayoría musulmana, y una de los dogmas extendidos entre ciertos creyentes es que cuando se encuentren con los enemigos en el campo de batalla les arranquen la cabeza hasta aplastarlos por completo. En la actualidad algunos grupos siguen llevando a cabo estas prácticas, difundiéndolas a todo el mundo.

5. En Corea la decapitación fue la fórmula tradicional de pena de muerte hasta que fue sustituida por la horca a finales del siglo XIX. Era corriente que, tras la ejecución, la cabeza fuera expuesta al público. En Seúl existe una "Colina de las decapitaciones", con un museo que conmemora la persecución de cristianos que se produjo en el país hacia 1800.

6. En el Japón tradicional, el harakiri era una práctica habitual entre los guerreros samurai, que cuando deshonraban su código de honor (bushido) eran condenados a suicidarse. El harakiri consistía en acuchillarse el vientre en público. Pero al ser una práctica muy desagradable de ver y que tardaba horas en causar la muerte, el samurai contaba con un ayudante que le cortaba la cabeza en un momento acordado, dando un fin más rápido al ritual.

7. Las decapitaciones tienen una larga tradición en varios países de Europa:
En la España medieval, era habitual la ejecución del condenado mediante el degüello, que consistía en un corte en el cuello realizado con un arma blanca, tras el que se dejaba desangrar al degollado. Una vez muerto se le decapitaba con el objetivo de poder mostrar la cabeza a la multitud congregada con motivo de la ejecución.
Sin duda, las decapitaciones más famosas de la historia se produjeron en Francia, a partir de finales del siglo XVIII. Los golpes con hacha o espada no siempre eran certeros y limpios, lo que a veces provocaba espectáculos ínsoportablemente repugnantes. Buscando una manera más rápida de decapitar a los condenados, el doctor Guillotin inventó la guillotina (suena a canción de La Trinca, como el barón de Bidet). Entre otros muchos, Luis XIV y María Antonieta la probaron durante la Revolución Francesa, en la época del terror de Robespierre, quien no se libró tampoco de ella. La última decapitación en Francia, antes de abolirse la pena de muerte, tuvo lugar en 1977.
En los países nórdicos, la decapitación era el medio usual de llevar a cabo la pena de muerte. Los nobles eran decapitados con una espada, y los plebeyos con un hacha.
En Alemania se empleó la decapitación mediante guillotina hasta 1966. El régimen nazi utilizó con profusión este método, guillotinando legalmente a más de 40.000 personas.

martes, 2 de septiembre de 2014

Siete grandes series de dibujos animados

Soy aficionado a las series de dibujos animados, tanto las de adultos como las infantiles. Los Simpsons, Padre de familia, South Park, Bob Esponja, Phineas y Ferb, Futurama, Los padrinos mágicos, por poner ejemplos actuales, me interesan y las suelo ver.

Pero mi lista de hoy es de series clásicas que seguí en su momento y que, según mi opinión, todo el mundo debería ver. Aquí expondré mis razones.

1. Los picapiedra (1960). Creada por la productora Hanna-Barbera, que también realizó otros grandes éxitos, como Los Supersónicos, el Oso Yogi o Scooby-Doo. Es la primera serie sobre una familia media americana, en la que el marido es un poco bobo y se mete siempre en problemas. Está ambientada en una supuesta edad de piedra, que se parece a la sociedad americana del siglo XX. Los Simpsons, Padre de familia o Padre made in USA le deben mucho. Sin embargo su humor era blanco, aunque trataba temas de adultos.

2. La pantera rosa (1963). Inicialmente creada por Friz Freleng para los títulos de crédito de la película homónima de Blake Edwards, consiguió tener su serie de televisión. En sus cortos es un personaje casi mudo que suele sacar de quicio a algún hombrecillo. Aunque nos referimos a ella en femenino, en realidad parece un macho refinado y elegante. No sería nadie sin la música de Henry Mancini, que siempre la acompaña.

3. Doraemon (1973). Se trata de un gato robot, creado por el dúo de mangakas Fujiko Fujio, que viene del futuro para ayudar a Nobita, un niño de quinto curso, bastante torpe y poco estudioso. En cada capítulo, Doraemon suele sacar algún invento del futuro de un bolsillo que tiene en la tripa y que ayudará a Nobita en sus problemas en el colegio, con los amigos o con su familia. Sólo por ver los ingeniosos artilugios merece la pena, aunque sea repetitiva en cuanto a los guiones.

4. Heidi (1974). Serie japonesa para niños basada en la novela de Juana Spyri. En ella participaba el gran Hayao Miyazaki. Dulce y familiar, sorprendía a los europeos el ritmo pausado y la continuación de la historia a través de los capítulos, no muy habitual en las series de animación europeas o americanas. De la misma productora, Nippon Animation, tuvo mucho éxito también en España la serie Marco.

5. Érase una vez... el hombre (1978). Serie didáctica francesa, creada por Albert Barillé, en la que se explicaba la historia de la humanidad. Una serie de "actores" fijos (el Maestro, Pedro, el Gordo, el Tiñoso) intepretaban a personajes históricos o inventados que vivieron en cada época. Era una manera muy amena y adaptada a los niños de aprender. Después aparecieron secuelas sobre el espacio, el cuerpo humano, los inventores o los exploradores.

6. La vuelta al mundo de Willy Fog (1983). Creación de Claudio Biern Boyd (autor también de "D'Artacan y los tres mosqueperros" y de "David el gnomo"), que recrea las aventuras que Julio Verne ideó en "La vuelta al mundo en 80 días". Magnífica serie, muy bien guionizada y dibujada (por Nippon Animation), se adaptaba perfectamente al público infantil. También las pegadizas canciones ayudaban. Me llegó porque la novela de Verne fue el tercer libro que leí en mi vida (tras "La cabaña del tío Tom" y "La isla del tesoro"), y sigue siendo uno de mis favoritos.

7. La banda del patio (1997). Serie animada de Disney, que se centra en las aventuras de un grupo de niños de cuarto curso durante la hora del recreo. Establece un paralelismo entre la sociedad y el patio, donde están representados todos los estamentos sociales, desde el rey hasta el más inadaptado. Los protagonistas son seis chicos, T.J. es el líder, Spinelli es la luchadora, Vince es el deportista, Gretchen la inteligente, Mikey el filósofo y Gus el niño nuevo e inseguro. Los guiones de la serie son magníficos, imaginativos y tronchantes, siempre con moraleja. Lo más divertido son los salvajes de preescolar.