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lunes, 8 de mayo de 2017

Siete nociones clave sobre El fin del trabajo, de Rifkin

En 1995, el economista Jeremy Rifkin publicó El fin del trabajo, una obra que debería ser el libro de cabecera de muchos de nuestros dirigentes. Vaticina el futuro del trabajo en el mundo y propone soluciones para lo que se nos viene encima. Vamos a intentar resumirlo de manera sencilla:

1. La tercera revolución industrial. La primera revolución industrial comenzó con el motor de vapor y el carbón. La segunda introdujo el petróleo y la electricidad. La tercera revolución industrial es la de los robots y los ordenadores.

2. Las máquinas inteligentes están sustituyendo a los trabajadores en las tareas de producción y administración. Si las primeras tecnologías sustituían los brazos humanos, los nuevos softwares sustituyen las mentes humanas, por lo que no sólo se pierden trabajadores en la industria, sino también en las oficinas. La automatización está ascendiendo por la pirámide laboral, ocupando cada vez más puestos especializados. Las tecnologías de la información ya pueden sustituir a casi todos los mandos intermedios y a muchos directivos.

3. Al sustituir las máquinas a los humanos en el trabajo, las fuentes económicas ya no se deberían haber distribuido sobre la base de las contribuciones a la producción. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX los sindicatos claudicaron. En lugar de pedir jornadas más cortas y mejores niveles salariales, se conformaron con programas de formación, suponiendo que, al reducirse el trabajo para los trabajadores no cualificados, habría más empleo para los que tuviesen un mayor nivel formativo.

4. El declive de la fuerza de trabajo. El futuro es un mundo en el que el trabajo no será el centro del contrato social. No habrá trabajo para la mayoría de los humanos, pero la productividad mejorará. Prácticamente, la mitad de la población mundial sigue trabajando en el campo. Pero a mediados de siglo, los cambios tecnológicos en la producción de alimentos nos llevarán a un mundo sin agricultores. Igualmente, millones de trabajos se pierden en la industria. El sector servicios absorbía los excedentes de mano de obra de la agricultura y la industria. Pero también estos trabajadores están siendo sustituidos por tecnología, como los operadores telefónicos, empleados de banca, agentes de viajes o trabajadores del comercio. Doctores, abogados, arquitectos o científicos pueden realizar su trabajo con menos personal. Incluso la música y la literatura fluyen más fácilmente con ayuda de máquinas.

5. El precio del progreso. Los empleados de las industrias que pierden su empleo, cuando pueden volver al trabajo lo hacen a tiempo parcial, en el sector servicios y peor remunerados. Pero también miles de puestos de tipo medio han desaparecido, deteriorando la clase media. Sin embargo, unos pocos ejecutivos han obtenido pingües beneficios del nuevo sistema. Se crea así una sociedad polarizada, con una pequeña élite cosmopolita y gran cantidad de pobres. Las perspectivas de empleo han disminuido en todo el mundo. En el tercer mundo, la ventaja competitiva que tiene la mano de obra barata perderá peso con la introducción de la producción automatizada. El mayor desempleo provoca un aumento de la desesperación y, consecuentemente, de la violencia, haciendo del mundo un lugar más peligroso.

6. Las dos caras de la tecnología. La revolución tecnológica provocará más tiempo libre, y el mundo deberá decidir si ese tiempo libre será de ocio o de desempleo. En la revolución industrial del siglo XIX se pasó de 80 a 60 horas semanales de trabajo, y en la del siglo XX a 40. Lo lógico sería, en esta nueva revolución llegar a 30 o incluso a 20, con la consiguiente mejora en la calidad de vida de millones de personas. Pero si las ganancias en productividad se utilizan únicamente para remunerar a accionistas y directivos, si no se recorta la semana laboral, habrá más paro y menos poder adquisitivo de la clase trabajadora, lo que redundará en menos beneficios para las empresas y más disturbios a escala internacional.

7. El nacimiento de la era posmercado. El cambio de una economía basada en los materiales a otra basada en la información reduce la importancia de los estados-nación, que no pueden poner fronteras a las nuevas tecnologías. El gobierno y el mercado pierden importancia y el trabajador se queda desamparado. Surge aquí el tercer sector, el del voluntariado, al margen del estado y del mercado, que puede tener gran importancia en el tiempo libre y en la reconstrucción del sentimiento cívico. Estos grupos pueden ser los que desvíen las frustraciones de un creciente número de desempleados.

jueves, 7 de marzo de 2013

Los siete países con mayor tasa de desempleo

España tiene una tasa de desempleo cercana al 26%, lo que parece absolutamente insostenible. Pero hay estados que que se encuentran peor. Consolémonos mientras podamos:

1. ZIMBABUE. En este país del sur de África, la tasa de paro ronda el 95%. La inflación es de 1.000.000 % al año. Un dolar americano se cambia por 30.000.000 de dólares de Zimbabue. De hecho, se han emitido billetes de 100.000.000 de dólares.

2. NAURU. Estado enano de Micronesia, con unos 13.000 habitantes. Ha llegado a tener un 90% de paro, pero este dato fluctúa mucho y es poco significativo por la escasa población. Ejemplo de mala gestión de los recursos naturales, en este caso los fosfatos.

3. LIBERIA. País africano creado para los esclavos liberados de los Estados Unidos de América. Ejemplo de estado fallido, debido a los golpes de estado y guerras civiles que se han sucedido desde 1980. La tasa de paro llega al 88%.

4. BURKINA FASO. Seguimos en la región Centroafricana. Este es uno de los países más pobres del mundo, dedicado principalmente a la agricultura. La mayoría de la población emigra a los países limítrofes y el desempleo alcanza el 77%.

5. TURKMENISTÁN. Antigua república soviética, que actualmente posee un régimen dictatorial islamista. Los beneficios de sus recursos naturales (gas, sobre todo), se emplean en el culto al presidente y al régimen, por lo que la tasa de paro alcanza el 60%.

6. YIBUTI. El problema de este país, situado en el cuerno de África, es el clima desértico y la falta de recursos naturales. Tampoco tiene industria. El paro ha llegado a alcanzar el 59%.

7. NAMIBIA. Volvemos al sur de África, a un territorio rico en diamantes y uranio, pero con una tasa de desempleo cercana al 50%. Parece que las empresas extranjeras tienen mucha culpa.