miércoles, 6 de noviembre de 2019

Siete lugares de un viaje a Zamora

Del 27 al 29 de septiembre de 2019 nos acercamos a la bella ciudad de Zamora y a algunos lugares cercanos a ella para disfrutar con tranquilidad. Aquí dejo lo que vi con mis ojos y toqué con mis manos.
1. Hostería Real de Zamora. Elegimos para alojarnos este hotel de tres estrellas construido en el siglo XVI, que fue Palacio de la Inquisición. Se encuentra junto al Río Duero pero muy cerca del centro de la ciudad. Es un hotel cómodo a pesar de mantener su estructura y decoración renacentista y el personal es bastante amable. Las habitaciones también son confortables aunque pasamos algo de calor, pues nos pusieron la calefacción por la noche.
2. Catedral y Castillo. Muy cerca de nuestro alojamiento se encontraba la Catedral, situada en una plaza donde se suelen celebrar eventos populares y que es más bonita por fuera que por dentro. Junto a la Catedral, y rodeado de unos jardines magníficos, desde los que se observan estupendas vistas del río y la ciudad, puedes visitar gratuitamente lo que queda del castillo aunque, en mi opinión, deberían cobrar algo, porque se cuela gente que molesta al visitante tranquilo.
3. Centro y calles comerciales. Nos sorprendió muy gratamente el ambiente que se respira en la ciudad los viernes y los sábados por la noche. Desde la Catedral tomamos la Rúa de los Notarios, donde cenamos uno de los días en Depicoteo, un restaurante que no está nada mal. Seguimos por la Rúa de los Francos hasta llegar a la Plaza Viriato, donde tomamos algo en la terraza del Parador de Turismo, que está perfectamente integrado en la arquitectura de la ciudad. Pasamos por la puerta del teatro y compramos chorizo en Entrevinos y chocolate en La Abacería. Llegamos a la Plaza Mayor, donde no aconsejo comer en El Colmado. La comida no está buena. Donde sí recomiendo encarecidamente entrar es en el Bar Sevilla, donde las tapas son exquisitas, variadas y bien elaboradas. Está situado en la zona de Lobos, a donde llegas si sigues por la Calle Santa Clara, la zona comercial por excelencia. Otra calle que tiene multitud de bares con muy buena pinta es la Calle de Los Herreros, que baja desde la Plaza Mayor hasta la zona del río.
4. Miranda do Douro. Viajando hacia el oeste desde Zamora llegas a este pueblo portugués que, además de las consabidas calles comerciales donde puedes comprar toallas y muebles, tiene una zona antigua muy bonita y bien conservada, con sus plazas, sus casitas curiosas, su muralla y su gran iglesia, que se divisa desde kilómetros.
5. Estación biológica internacional. A los pies de Miranda fluye de nuevo el Río Duero, en cuya orilla, frontera de España y Portugal, se ha instalado una estación biológica que tiene programados pequeños cruceros. Debes reservarlo con anterioridad, porque te puedes quedar sin plazas. Cada hora sale un barco con unas cien personas a bordo y se adentra por el río en un paraje natural precioso y abrumador en el que habitan aves rapaces y nutrias, aunque nosotros solo vimos buitres en las alturas. El crucero, de una hora de duración, es muy didáctico y con un poquito de ciencia a nivel usuario. Después puedes probar el vino de la tierra y comprar algún recuerdo.
6. Bodegas Fariña. El domingo aprovechamos la vuelta a casa para parar en la localidad de Toro y visitar esta bodega familiar. En sus coquetas instalaciones nos explicaron cómo la denominación de origen Toro ha cambiado y mejorado mucho con los años, lo cual pudimos comprobar catando unos cuantos vinos. También nos mostraron la joya de la corona, el vino que llaman "Primero", un vino de maceración carbónica muy sencillo de fabricar pero muy esperado en el mundillo vitivinícola, y que promueve un concurso para poner una obra de arte distinta cada año en la etiqueta de las botellas.
7. Toro. Acudimos a comer al Restaurante La Colegiata, que se encuentra en el centro del conjunto histórico-artístico, junto a la plaza y la iglesia del mismo nombre. Menú turístico sin más, aunque no estaba malo. Después paseamos desde la Colegiata, bello templo del siglo XII, por la Calle Mayor, hasta la Puerta del Reloj, muestra de arquitectura popular del siglo XVIII. Seguimos por la Calle Corredera y pudimos sentir el ambiente de domingo de una pequeña ciudad en un entorno medieval muy agradable. Muchos restaurantes, bares y tiendas de productos de la tierra.

viernes, 25 de octubre de 2019

Siete nociones clave sobre Lo que el dinero no puede comprar, de Michael Sandel

Intentaré resumir en poquitas líneas las ideas plasmadas por el controvertido filósofo estadounidense en este sencillo ensayo, que ha escocido entre las huestes del neoliberalismo. No seguiré los capítulos del libro, sino que incidiré sobre los pensamientos más importantes que contiene.

1. No todo se puede comprar o vender. Esta es la primera idea que nos quiere transmitir Sandel. Muchos economistas sostienen que todo es susceptible de ser comprado y vendido. Sin embargo, hay ciertas cosas que no pueden entrar en el mercado, y hasta los economistas deben estar de acuerdo en ello; por ejemplo, los seres humanos, porque eso es esclavitud; tampoco las personas pueden vender su voto; un premio Nobel o un Oscar no pueden ser comprados. Sin embargo, es posible comprar niños aún no nacidos, órganos humanos y el cuerpo de las prostitutas; se vende el cuerpo de uno mismo para probar fármacos; se compra el derecho a cazar rinocerontes o a emitir gases contaminantes a la atmósfera.

2. Mercados y moralidad. Nuestro autor cree que es importante abrir un debate, que ahora mismo apenas existe, sobre la moralidad de los mercados. El libro se encuentra trufado de ejemplos de bienes que tienen un mercado pero que no deberían tenerlo por cuestiones morales. Opone la ética de las colas a la ética del mercado, con ejemplos como hacer cola para conseguir una entrada para una misa del papa en un estadio y después revenderla. También se refiere a los incentivos, que considera sobornos, con ejemplos como pagar a los niños por lavarse los dientes o leer libros, o admitir a un país únicamente a los inmigrantes que aporten una cantidad de dinero, tratándolos como mercancías.

3. Multas vs. tarifas. Para demostrar que el mercado no sirve siempre, Sandel pone como ejemplo las multas. Algunas personas ricas pueden considerar las multas de tráfico como meras tarifas por poder correr más con su coche. Pero una gran velocidad acarrea mucho peligro en la carretera, por lo que, según Sandel, esa actitud debería encontrarse estigmatizada socialmente. Existen valores no mercantiles que merecen ser protegidos.

4. ¿Todas las decisiones que tomamos son económicas? Últimamente se ha impuesto entre ciertos economistas una visión económica de todo el comportamiento humano. Según esta teoría, todas las decisiones que tomamos son económicas, aunque no lo sepamos. Sandel opina que el utilitarismo económico no debe ser aplicado a campos como el sexo, la procreación, la crianza, la educación, la salud, las penas por delitos, la política de inmigración y la protección del medio ambiente. Un marido o una esposa no debe regalar dinero a su cónyuge, aunque sea más eficiente. Al elegir un regalo le está diciendo cuánto le quiere y le conoce, lo que es mucho más romántico que el vil metal. El regalo indica consideración o cortesía, más que las tarjetas regalo.

5. Los mercados desplazan la moral. La fe de los que creen en el mercado tiene dos principios: el primero es que la comercialización de una actividad no cambia dicha actividad. Sin embargo, en Suiza, un pueblo estaba dispuesto a almacenar residuos tóxicos gratis si era por el bien del país; pero cuando les ofrecieron dinero por almacenarlos descendió la disposición de la población a aceptar el sacrificio. Otro ejemplo: los estudiantes que recaudan gratis fondos benéficos obtienen mejores resultados que los que van a comisión. El segundo principio de la fe en el mercado es que hay que economizar el comportamiento ético. Sin embargo, nuestra capacidad de amar o de ser buenos no disminuye con el uso, sino que aumenta con la práctica. Sandel distingue entre las motivaciones intrínsecas (como la convicción moral) y las externas (como el dinero).

6. Primera objeción a los mercados. Michael Sandel diferencia entre una economía de mercado y una sociedad de mercado, en la que todo se puede vender. Opone dos objeciones a los mercados. La primera es la relativa a la justicia. Los mercados crean desigualdad, lo que puede provocar que el mercado no sea completamente libre. Por ejemplo: si se paga por las donaciones de sangre se explota a los pobres, que son los únicos que irán a donar por dinero. La gente rica y la de recursos modestos viven cada vez más separados. Tomando como ejemplo los recintos deportivos, nos enseña que la democracia esencial del deporte de masas, que hacía que el rico y el pobre se sentaran codo con codo en los estadios, se perdió con la aparición de los palcos de lujo. Esto ha sucedido en muchos otros ámbitos de la vida, y es lo que él denomina palquificación de la sociedad.

7. Segunda objeción a los mercados. La sociedad de mercado corrompe los bienes que se venden. La compra y venta de seguros de vida de los trabajadores convierte la muerte en una mercancía. La publicidad tiene un efecto corrosivo sobre los productos que tradicionalmente no han sido objeto de ella. Los municipios hace tiempo que han permitido patrocinar sus instalaciones. Las cárceles y los colegios de Estados Unidos también emiten anuncios. En los colegios, el material suministrado por los anunciantes está repleto de sesgos. La publicidad predica lo contrario de la educación, desear cosas frente a pensar, por eso corrompe. Nuestra única esperanza de mantener los mercados en su sitio es reflexionar sobre el significado de los bienes y las prácticas sociales.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

El coche cereza

Desde hace un tiempo he notado que me sigue un coche. Es uno de esos que ahora llaman SUV, que son como todoterrenos, pero hechos para andar por la ciudad y divisar a los otros vehículos desde un lugar más alto. Este tiene un precioso color cereza brillante, está limpio limpio y sus faros, que parecen ojos entrecerrados, le dan un aspecto un poco agresivo, por lo que puede servir tanto para un joven ejecutivo como para una mamá trabajadora.

Cuando saco mi coche del garaje de la urbanización ya está rodeando la esquina de mi calle para seguirme. Cuando llego al trabajo lo suelo ver ya aparcando cerca. Si salgo un fin de semana al centro se encuentra parado en un semáforo. Está en todas partes. Además, en las calles de la ciudad, numerosos carteles anuncian un modelo igual, recordándomelo constantemente.

Sin embargo, nunca consigo distinguir la numeración de la matrícula, por si tengo que denunciarlo. Sé que tiene un siete, pero el resto de los números yo creo que los lleva tapados con barro, porque son difusos y borrosos. Tampoco llego a atisbar con claridad cómo es la persona que conduce. A veces me parece una chica rubia, pero otras creo ver un tío con barba. En cualquier caso, la situación me está llevando al límite.

Por eso ayer salí a las tres de la madrugada de casa y, comprobando que estaba aparcado en la acera de enfrente, le pinché las dos ruedas delanteras. Pero hoy, cuando he salido del garaje, muerto de sueño, lo he vuelto a ver girando la esquina de mi calle. El tío es persistente, pero no sé qué quiere.

Han pasado varios meses de persecución continua y ya no podía soportarlo más. Durante tres frías mañanas me he ocultado detrás del segundo semáforo a la entrada de la urbanización para esperar a mi acosador. Los dos primeros días ha pasado con luz verde, pero hoy, cuando ha parado, me he colado por la puerta trasera del coche y le he rebanado el cuello con un cuchillo. Después, huyendo entre las sombras de la madrugada, he dado un gran rodeo por el parque para volver a casa.

Y lo peor es que he tenido que repetirlo, porque el conductor fue sustituido por otro, al que también tuve que degollar. Cuando iba a hacerlo con el tercero la policía me ha detenido. Desde la parte trasera del coche patrulla observo cómo estamos rodeados por varios conductores que me miran y sonríen desde sus relucientes coches color cereza.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Siete lugares de un viaje a Moaña

Del 12 al 20 de agosto de 2019 pasamos unos días de relajo y playa en la localidad pontevedresa de Moaña, en la Ría de Vigo. Relacionaré aquí los lugares de este viaje que mejor recuerdo me dejaron. Como siempre, no visité todo lo que había que visitar ni hice todo lo que había que hacer. Por eso esto no es una guía de viajes, sino los recuerdos del visitante tranquilo.
1. Playa de A Xunqueira. Playa de arena de unos quinientos metros, muy cercana al centro del pueblo. Es muy tranquila y está dotada de duchas, caminitos de madera para un mejor acceso y un chiringuito. Un pequeño inconveniente es que, cuando baja la marea, el agua se aleja mucho de los bañistas. Contiene mucha vida, en forma de peces y pequeños mariscos. En la misma playa hay una pista de entrenamiento de atletismo y una arboleda, donde muchas familias prefieren quedarse a pasar el día. Allí disfrutamos durante dos días de un festival de jazz con conciertos nocturnos e incluso a la hora del vermut. También coincidimos con un festival de rap, asistimos a un concierto de una pequeña banda de música y a regatas de traineras que se celebraban en el puerto de la muy cercana Isla de San Bertomeu.
2. Paseo marítimo. La Avenida de Concepción Arenal es el paseo marítimo de Moaña, pues discurre junto a la ría. Allí encontrarás la estatua de O Fisgón, un pescador con un tridente que recuerda al dios Neptuno. En esa misma zona del paseo encontrarás parques y bancos para sentarte y contemplar el bello paisaje que te rodea. Otras estatuas del paseo son el calamar y la ballena. En toda la avenida hay bares y restaurantes para tomar algo. Tiene mucha fama la Ovella Negra, que está muchas veces lleno. Sin embargo, no me parece que funcionen bien, pues dejan mesas vacías sin recoger mientras la gente espera a que le den su turno, y el tipo que reparte las mesas te trata con cierta prepotencia. Mucho más amigables son en la pizzería Anoi, donde pretenden darle un nuevo aire a la comida italiana, en la hamburguesería Beiramar, sencilla, y en el restobar Loft. Tampoco recomiendo el bar del puerto deportivo, porque te miran de arriba a abajo, calibrando el dinero que te vas a gastar. El paseo es el centro de muchas actividades, como el mercadillo o las competiciones de natación en aguas de la ría.
3. Hostal A Camelia. La oferta hotelera de Moaña es escasa. Elegimos esta pensión de tres estrellas. Por fuera parece normalita pero las habitaciones son muy confortables. Se encuentra a unos quinientos metros de la playa en una zona muy tranquila. Es recomendable. El personal adolece de cierta pachorra tanto en el hostal como en la cafetería contigua. Por ejemplo, no fueron capaces de solucionar que habíamos hecho dos reservas distintas para días consecutivos y tuvimos que dormir un día en una habitación y el resto en otra.
4. Tapería Asador A Xunqueira. Junto a la playa del mismo nombre se encuentra este restaurante en el que puedes comer productos recién sacados de la ría por un precio asequible. Te tratan con gran profesionalidad y siempre están dispuestos a aconsejarte. Fue nuestro restaurante de cabecera durante toda la estancia, aunque los fines de semana y los festivos es obligatorio reservar, porque está llenísimo. Zamburiñas, almejas, pescadito de la ría, los imprescindibles pimientos de padrón, ensaladas nada convencionales, carne a la brasa muy bien hecha. Merece la pena.
5. Tapería Bajamar. También cerca de la playa de A Xunqueira encontramos este restaurante, más barato, pero también recomendable. El personal es agradable, aunque a veces tiene demasiado trabajo, y la comida es buena sin estridencias. Si paseas un poco más, entrando ya en la parroquia de Meira, llegarás a A Carriola, un restaurante que por fuera no te llama, pero que ofrece producto de calidad. Nos acercamos uno de los días de mar de Moaña, en los que puedes comer tapas a buen precio mientras escuchas música. Las tapas eran empanada de pulpo y de choco, y jamás las he comido mejores. También tenían mejillones, con muy buena pinta. La música, tradicional gallega.
6. Redondela. En el fondo de la Ría de Vigo encontramos esta población, donde pasamos una buena tarde. Allí tomamos el Chocotren, un trenecito turístico dedicado al choco o sepia, que es típico de la zona. Dimos una vuelta por el pueblo, donde te sorprenden los viaductos y los parques, y llegamos hasta la Playa de Cesantes, desde donde se divisa la Isla de San Simón, en la que se encuentra un antiguo hospital y cárcel. Desde allí se tiene también una muy buena vista del enorme puente de Rande. Después, una cena ligera en un lugar recomendable, Casa Mucha, en la Plaza de Santiago Apóstol.
7. Cabo Home. Así se llama el extremo de la Península del Morrazo, en la que se encuentra Moaña. Desde allí puedes ver las Islas Cíes tan cerca que parece que las puedes tocar. También divisarás la Isla de Ons. En realidad, mires donde mires, verás imágenes de postal, con sus acantilados, el agua rompiendo, los pequeños faros. Si vas un día o una hora en la que no haya demasiada gente te llenarás de serenidad mientras paseas por la costa. Porque el senderismo parece la actividad más apropiada para la zona. También existen playas escondidas donde pasar un día tranquilo sintiéndote un Robinson. Envidié a los que poseen una casa en la zona.

lunes, 26 de agosto de 2019

Siete lugares de la costa cantábrica

El mes de julio de 2019 lo pasamos casi completo visitando diversos lugares de la costa cantábrica, en las comunidades de Asturias, Cantabria y el País Vasco. Algunos nos gustaron, como Ajo, otros nos decepcionaron, como Solares o Santoña, pueblo este último del que teníamos un recuerdo mucho más agradable, pero que encontramos muy abandonado. Sin embargo, ciertos lugares nos volvieron a conmover o nos conmovieron por primera vez. Aquí os dejo mis impresiones de siete de ellos, que nunca había comentado, ordenados de Oeste a Este. Como siempre, no contaré nada que no haya visto ni tocado en persona. Así que esto no puede considerarse una guía de viajes, sino los recuerdos de un visitante tranquilo.
1. Ribadesella. El pueblo turístico por excelencia de Asturias contiene la playa de Santa Marina, de fina arena y con un precioso paseo. Allí se encuentra el Hotel Don Pepe, tranquilo y bien atendido. Imprescindible en Ribadesella es visitar la cueva de Tito Bustillo, eso sí, reservando con unas semanas de antelación. El recorrido y las pinturas rupestres te dejan con la boca abierta. Conviene acercarse también a la cuevona. Te sorprenderá su tamaño y el entorno. Para tomar algo acompañado de un culín de sidra, la calle de los Marqueses de Argüelles, junto al mar, está llena de bares y restaurantes, aunque por las calles del pueblo se pueden descubrir muchos otros. Allí he tomado las mejores navajas del mundo. El paseo hasta la ermita de la Virgen de la Guía es muy recomendable y tiene la sorpresa de los azulejos dibujados por Mingote.
2. Comillas. Es este un pueblo costero que merecería sólo la pena visitar por la casa denominada "El Capricho", diseñada por Gaudí. Ya por fuera es espectacular, pero conviene seguir una visita guiada para que te expliquen bien su historia y el motivo de su originalísimo diseño. Es curioso saber que pertenece a una empresa privada japonesa cuyos dueños, parece ser que multimillonarios, gustan de vivir en Comillas y trabajar todo el año en la casa. El Palacio de Sobrellano palidece al lado de El Capricho, pero su visita también es interesante. Conviene pasear por el pueblo para disfrutar de sus edificios y acercarse al mirador de Santa Lucía, desde cuya ermita tendréis unas vistas magníficas de la playa. Comimos en el Restaurante Quique, al comienzo de la Calle Infantas, donde probamos el cocido montañés. A los restaurantes de estos sitios turísticos es mejor acudir a la una o una y media, porque todavía no tienen muchos clientes y la atención es bastante mejor que a las dos y media o las tres.
3. Liérganes. Considerado uno de los más bonitos de España, este pueblo cántabro destaca por su núcleo urbano declarado de interés histórico-artístico, donde se puede pasear con sosiego. Por supuesto hay que acercarse al molino donde te cuentan la leyenda del hombre pez, cuya estatua se encuentra debajo de uno de los puentes más fotografiados de la región, el puente romano sobre el río Miera.
4. Liendo-Ramales de la Victoria. Una pequeña ruta nos llevó a visitar en un día estos dos pueblos. Liendo se encuentra incrustado entre las montañas y el mar. Su valle se ve precioso desde los miradores circundantes y el pueblo es tranquilo y está bien conservado. Merece la pena acercarse al mirador de San Julián, desde donde verás la cala del mismo nombre y los acantilados más altos de la región. Ramales de la Victoria nos acogió con una tromba de agua, por lo que no pudimos pasear tranquilamente por sus calles, pero sí comprobamos que mantiene ese aire cantábrico de piedra tan relajante. Cerca del pueblo hay muchas cuevas, pero no pretendíamos ni acercarnos. Buscábamos el mejor restaurante y nos metimos en El Ronquillo. Pensábamos comer por todo lo alto. Pero como no íbamos vestidos de domingo sólo nos ofrecieron el menú, que no estaba mal. Sin embargo, al terminar de comer preguntamos y nos dijeron ¡Ah! ¿Queríais comer a la carta? Nos habían prejuzgado por ir en vaqueros. Ay, ay, ay.
5. Castro Urdiales. En este animado pueblo aparcamos el coche en la playa urbana de Brazomar, y desde allí anduvimos por todo el paseo marítimo, lleno de gente, bares y jardines, divisando la silueta del castillo y la iglesia, que se encuentran al otro lado del puerto. Llegamos hasta la plaza del ayuntamiento, donde comienza el barrio más antiguo de la villa. Hay un gran ambiente y parece un lugar para visitar con más detenimiento.
6. Getxo-Portugalete. A cada lado del Abra, estuario del río Nervión, ya convertido en ría de Bilbao, se encuentran estas dos poblaciones; Getxo más señorial, Portugalete más humilde. Empezamos visitando el Puerto Viejo de Getxo, con sus callejones empinados y sus bares. Después, andando por el paseo, junto a la playa de Arrigunaga, puedes ver una serie de preciosos palacetes mandados construir por los indianos, que volvían ricos de América. Llegarás al final al puente de Vizcaya, maravilla de la ingeniería, por el que cruzarás la ría hasta Portugalete. Allí también puedes pasear junto al agua hasta Santurce, o entrar en la preciosa oficina de turismo, instalada en una antigua estación de tren. Eso sí, hay que ir parando en los pocos sitios de pintxos que encontrarás por el paseo. En Getxo paramos en La Ola y en el restaurante El Puente; en Portugalete tomamos algo en el Puerto Deportivo, que tiene una estupenda terraza con magníficas vistas, y en el Gran Hotel Puente Colgante.
7. Bilbao. Es esta una ciudad más bonita de lo que me esperaba. Nada que ver con la Bilbao sucia de los años 70 y 80 del siglo XX. Es moderna y limpia, y encontraréis edificios de gran belleza en el centro de la ciudad. La visita al museo Guggenheim merece la pena, aunque sólo sea por la originalidad de su arquitectura. Por dentro, arte moderno. Por fuera, algunas esculturas icónicas, como el perrito o la araña. Después aparcamos el coche en el centro y cruzamos la ría para dirigirnos al Casco Viejo, donde probamos pintxos exquisitos en la Plaza Nueva. Allí entramos en Sorginzulo, en el Bar Charly y en el Café Bar Bilbao. Después paseamos por las siete calles para llegar al Mercado de la Ribera, donde sólo pudimos ya tomar algo en la cervecería Arambarri, porque íbamos llenísimos. Os puedo asegurar que los pintxos en Bilbao son de otro nivel.

jueves, 1 de agosto de 2019

Siete países que quisieron tener la bomba atómica

Hay grandes naciones que se sienten fuertes porque poseen armamento atómico. Hay otras naciones que en su día quisieron tener ese armamento o que siguen deseando tenerlo pero no lo han conseguido. Son los quiero y no puedo de los países. Vamos a recordar la manera en que cada una de ellas intentó conseguir la bomba atómica.

1. Alemania. Se llamó proyecto uranio al plan de los nazis para fabricar la bomba atómica. Al frente se colocó a Werner Heisenberg, que estudió como dividir (fisionar) átomos de uranio bombardeándolos con neutrones. Los científicos alemanes se afanaron en conseguir un explosivo a partir de esa fisión nuclear. Para obtenerlo fabricaban un elemento que era necesario, el agua pesada, en una factoría en Noruega. Un miembro de la resistencia noruega, Joachim Ronnenberg, se introdujo en la fábrica y la destruyó colocando cargas explosivas, lo que retrasó los planes de los nazis. La evolución de la guerra desfavorable para Alemania hizo el resto.

2. España. Hubo un intento en los años 47 y 48, que no duró mucho, de crear una bomba atómica con ayuda de científicos nazis e italianos (incluso se dice que Heisenberg y Otto Fritz estuvieron en España). Posteriormente se llamó Islero (como el toro que mató a Manolete) al proyecto de fabricación de armamento atómico español, que Franco inició en los años 60 pretendiendo ganar respeto internacional y disuadir a Marruecos de un posible ataque. Los restos de las bombas caídas en Palomares ayudaron en alguna medida a los científicos españoles para la fabricación de un artefacto propio. España siguió con su proyecto incluso tras la muerte del dictador. Pero las presiones del presidente Carter de Estados Unidos consiguieron que se abandonara la idea. En 1987, el gobierno socialista firmó el tratado de no proliferación de armas nucleares.

3. Argentina. En 1949, un tal Ritcher, de Alemania, convenció a Perón de que era capaz de construir una bomba de nitrógeno. El propio presidente se olvidó de los secretos de estado y quiso tirarse el pisto, dando una rueda de prensa en 1950, en la que aseguró que en dos años Argentina estaría en condiciones de fabricar la bomba. Se montó una enorme planta de agua pesada en el sur, pero pasó el tiempo y la cosa no funcionó, por lo que se abandonó el proyecto. Parece que Ritcher sabía algo de física nuclear, pero no tanto. Sin embargo, durante esos años el país se llenó de espías de todo el mundo, atentos a lo que pasaba.

4. Brasil. En 1974, el presidente brasileño Ernesto Geisel, que gobernó durante una etapa de la dictadura, temiendo que Argentina estuviera intentando fabricar armas atómicas, comunicó al Alto Comando de las Fuerzas Armadas la necesidad de desarrollar una tecnología para la utilización de la explosión nuclear para fines pacíficos (sic). José Sarney, el primer presidente democrático tras la dictadura, confesó que conoció en 1986 la existencia de un pozo cavado por las fuerzas armadas para probar una bomba nuclear. En 1988 este país firmó el tratado de no proliferación de armas nucleares.

5. Yugoslavia. El antiguo país balcánico tenía en 1979 el uranio y el conocimiento suficiente para fabricar su propia bomba atómica. Esa posibilidad dependía únicamente de la voluntad política. Pero Tito se encontraba ya delicado de salud y había dejado de desempeñar un papel destacado en la toma de decisiones del país. Muchos miembros de la clase dirigente ya veían el futuro de Yugoslavia dividido en otras repúblicas y por eso no se decidieron a dar el paso.

6. Irak. Desde la primera guerra del Golfo en 1990 hasta el comienzo de la segunda en 2003, numerosas informaciones en periódicos supuestamente prestigiosos "bombardeaban" a la población mundial con la posibilidad de que Sadam Husein estuviese fabricando la bomba atómica. Ya en 1991 la ONU ratificaba los avances de los iraquíes, aunque no se habían encontrado las instalaciones para el enriquecimiento de uranio. En 2002 se afirmaba que Bagdad estaba a unos meses de conseguir la bomba. Irak siempre lo negó y no se ha podido demostrar hasta la fecha. Sí es cierto que hacia 1980 Husein usó armas químicas contra los kurdos, pero en la década de los noventa fueron eliminadas bajo la supervisión de los inspectores de Naciones Unidas. Son las famosas armas de destrucción masiva que nunca se encontraron tras la invasión de 2003.

7. Venezuela. En 2008, según Wikileaks, Hugo Chávez tenía esperanzas de construir un reactor nuclear. En 2009, a raíz de que se encontraran nuevas reservas de petróleo y gas en Venezuela, la opinión internacional comenzó a afirmar que el país estaba intentando fabricar la bomba atómica. Su presidente lo negó y, tras el desastre de Fukushima, canceló el programa nuclear. Desde entonces, los líderes bolivarianos han resultado huesos duros de roer para las grandes corporaciones petrolíferas de Estados Unidos y Europa y para sus dirigentes políticos. Todavía no hemos visto la bomba atómica venezolana, pero si existe, seguro que va pintada de vivos colores.

lunes, 1 de julio de 2019

Siete escritores que permanecieron en España tras la guerra civil

Durante la guerra civil española y tras finalizar la misma, muchos escritores e intelectuales se exiliaron. Sin embargo, algunos autores, a pesar de no comulgar con las ideas fascistas, permanecieron en España. Intentaremos aquí relatar de manera muy breve sus peripecias. Para otro día dejaremos el análisis de sus obras.

1. Jacinto Benavente (1866-1954). El feo adjetivo chaquetero ha sido empleado para describir la ideología política del premio Nobel pues, tras apoyar la dictadura de Primo de Rivera, en 1933 perteneció a la asociación de amigos de la Unión Soviética. Permaneció durante la guerra civil en zona roja, en Madrid y Valencia, donde fue homenajeado repetidamente, envió una carta contra la muerte de García Lorca e incluso estrenó una obra, Santa Rusia. Sin embargo, al acabar la contienda, manifestó que le habían obligado a comulgar con la república bajo amenaza de muerte. Por ello comenzó a escribir obras teatrales de adhesión al nuevo régimen y acudió a manifestaciones de exaltación del franquismo, lo que le congració definitivamente con los nuevos dirigentes que, en un principio, habían censurado sus obras, quizá también por su condición de homosexual.

2. Vicente Aleixandre (1898-1984). Su padre era un hombre de derechas que fue destituido de su empleo en el ferrocarril por adherirse al golpe de estado. Sin embargo, Vicente tenía ideas izquierdistas, que no habían evitado su detención por los republicanos durante veinticuatro horas en 1937. Tampoco las autoridades republicanas le permitieron viajar a Francia para cuidar su frágil salud (le habían extirpado un riñón). Desde entonces optó por el silencio y, alejado de la vida pública, permaneció en su casa de Madrid, desde la que se relacionó con poetas jóvenes y escribió lo mejor de su obra. Nuestro premio Nobel fue proclive a la reconciliación de las dos Españas, manteniendo una actitud de distanciamiento crítico con el régimen franquista, que lo nombró académico de la lengua en 1949.

3. Dámaso Alonso (1898-1990). Al principio de la guerra, el insigne poeta se refugió en la Residencia de Estudiantes de Madrid, pues temía a las represalias por tener familiares en el bando franquista. Después, y a pesar de colaborar en Valencia con la revista republicana Hora de España, no fue represaliado por el régimen fascista, por lo que pudo acceder a una cátedra en la universidad y ser nombrado académico de la lengua en 1945.

4. Gabriel Celaya (1911-1991). De familia vasca acomodada, Celaya fue combatiente en el bando republicano. Él mismo contaba que, cuando cayó Bilbao, en un acto de cobardía, se arrancó sus insignias de capitán y se presentó ante el enemigo como soldado raso. También confesó que se libró de ser juzgado y fusilado, ya que, cuando fue llevado al campo de concentración de Palencia, el padre de su novia, alto mando militar en el bando sublevado, destruyó su expediente, pero a cambio de que se casara con su hija. El matrimonio sólo duró siete años, durante los que el poeta permaneció como ingeniero en la fábrica de su familia en San Sebastián, hasta que conoció a Amparo Gastón y decidió cambiar su vida.

5. Blas de Otero (1916-1979). El poeta bilbaíno estuvo en ambos bandos durante la guerra, pues participó como sanitario en los batallones vascos pero, tras la toma de Bilbao, cayó prisionero y estuvo en un campo de concentración, desde donde fue enviado a luchar en el frente de Levante con el ejército franquista. Se trata del ejemplo paradigmático de eso que han llamado "exilio interior" pues, a pesar de que se afilió al partido comunista en 1952, siguió viviendo en España, aunque pasó largas temporadas en Francia y Cuba.

6. Antonio Buero Vallejo (1916-2000). El insigne autor teatral fue llamado a filas en 1937 por los republicanos. Cuando fue capturado pasó algún tiempo en un campo de concentración del que fue liberado. Pero en 1939 fue detenido y condenado a muerte por su actividad en el Partido Comunista. Tras conmutarle la pena por 30 años de prisión, salió de la cárcel tras siete años en diversos penales de España. A partir de ahí comienza su aclamada obra dramatúrgica.

7. Gloria Fuertes (1917-1998). Sólo tenía 16 años cuando comenzó la guerra incivil, como ella la llamó, en la que perdió a un novio republicano. La experiencia de la contienda española marcó su carácter pacifista. Para ganarse las habichuelas comenzó a trabajar en el Ministerio de Información y Turismo. Sin embargo, pronto pasó a vivir de la poesía, dedicándose a publicar poemas para niños, pero también poesía adulta, con versos que esquivaban la censura. Abanderada del amor natural, escribió a aquellos que son diferentes, como los homosexuales o los travestidos. No hay que olvidar que su gran amor, desde los años 70, fue una mujer.